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2 de abril.

02 Abr

Para todos aquellos que jamás se pusieron a pensar en la ironía de conmemorar esta fecha como “el día de los caídos en Malvinas”, quizá este sea un buen momento para hacerlo. Se conmemora de antemano un conflicto que, a estas horas, recién estaba comenzando sobre el suelo malvinense; los caídos fueron muchos hasta el 14 de junio en que se gritó el cese el fuego en las internas del gobierno de Galtieri. Hoy estoy a favor de aquellos que bajo la bandera de “intelectuales argentinos” —en un tiempo en el que la intelectualidad en Argentina pasa por la crítica al gobierno o a los medios— propusieron repensar la fecha para que su conmemoración y el respeto a los soldados tuviese un mayor sentido. A veces, la Historia debe ser levemente modificada.

Pese a que estuve, estoy y estaré en contra del conflicto bélico movilizado por los tres grandes idiotas del siglo XX argentino, creo que es tiempo de cambios porque es claro que al día de hoy, a treinta años de aquella fecha, Mavinas no es nuestra y si las cosas siguen como hasta ahora, es probable que no lo vuelvan a ser. Para el argentino esas islas son un fragmento de cuerpo arrancado, desde pequeños nos inculcan que fueron, son y serán nuestras, plantan en nuestra mente una idea casi utópica teniendo en cuenta todo el agua que pasó debajo del puente desde aquél 2 de abril de 1982. Aún así, creo que es necesario recordar a aquellos muchachos que estuvieron día y noche en ese árido peñasco defendiendo un ideal, una causa, un país.

JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

26 de agosto de 1982

Jorge Luis Borges.

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Publicado por en abril 2, 2012 en Editorial

 

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