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Esperaba… esperaba…

21 Ene

Estaba ahí, esperando como hacía mucho que no esperaba, parado en el punto exacto en el que se unen los dos caminos; en el medio de la encrucijada. Ahí estaba, sin guitarra, esperando. Desde el Oeste se acercaba la Naturaleza a pasos agigantados que, ayudada por Eolos, se tragaba el cielo azul y escupía detrás de sí convertido en una masa amorfa y fluctuante de color gris oscuro. Cada tanto oteaba hacía el Oeste, controlaba la hora en el reloj de pulsera y corría unos milímetros la pequeña maleta con la que cargaba, una manía quizá.

Desde el Oeste, siempre desde el Oeste, el viento llegó suave calmando un poco el insostenible calor de la tarde. Corría, como quien dice, una brisa lenta y tranquila que traía consigo la promesa de empeorar. Si algo nos dejó Schiller es su concepción de la naturaleza en ese final de William Tell, la naturaleza como el elemento purificador que limpia el karma del sujeto. Sin embargo, si algo nos dejó el naturalismo de Zolá es que la naturaleza es el reflejo mismo del acontecer humano, en ella se reflejan los sentimientos y se termina convirtiendo en esa lluvia torrencial que se desata sobre el personaje del “Paro forzoso”. Pero aún así, conociendo las dos caras de la moneda que la literatura le había eseñado, seguía ahí parado haciéndole frente no solo al ventarrón en el que devino la brisa, sino también a la tormenta que se levantaba desde el Oeste y con ella, a sus temores.

De un momento para el otro, el cielo se tornó negro, la tarde murió con el primer trueno que sonó como una bomba que estalla en el aire. Tembló la tierra y el viento gélido tomó el control de la situación. Pero ahí estaba, quieto, sin guitarra, con una mueca de dolor en el rostro, casi como una sonrisa apagada, con una maleta y Godot, Godot estaba claro que no era la persona a la que esperaba. ¿Qué esperaba? Lo sabía, sabía muy bien lo que hacía.

Un segundo estruendo rompió con el silencio, un silencio tan grande que le permitía a un hombre escuchar los latidos del corazón de otro como si de un eco inmortal se tratase. Ahora miraba hacia el cielo, la mueca estaba ahí casi pintada en el rostro.

Tirá con todo lo que tenés, dale…—nada— ¡Tirá, la puta que te parió!

No pasaba nada, sólo unas gotas sobre la tierra. Seguía gritándole a Zeus mientras abría la maleta para sacar lo que ésta guardaba. Gritaba y armaba esa antena… ese pararayos.

¡Dale tirá acá si tenés puntería! ¡Tirá de una vez! —Gritaba con lágrimas en los ojos mientras sostenía en lo alto con la mano derecha el improvisado pararayos.

Zeus no disparó. La tormenta no reventó. Y quedé ahí, tirado sobre la tierra a la espera del castigo divino, de la purificación que la naturaleza jamás iba a otorgarme. Estaba ahí y esperaba, solo.

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Publicado por en enero 21, 2012 en My mind

 

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