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“Salió al banco”

07 Oct

La rama original.

Gracias al avance expansivo de la tecnología (en ciertas áreas, claro está), ahora puedo hacer expreso desde un asiento de colectivo, la fila del supermercado, la silla de la peluquería o la ventanilla del Departamento de Alumnos de mi facultad el odio indescriptible que puede provocarme una situación individual. Prepárense Olvidados lectores para enfrentarse a un texto cargado de oraciones extensísimas, porque la lectura de Saer ha dejado marcas irrefrenables en mis modos de composición del relato. Espero concluir este texto en los próximos veinte minutos, mientras pueda seguir colgándome del Wi-Fi de la universidad.

Con “The Ripper” de Judas Priest de fondo —en mis no muy cómodos auriculares— comienzo este despropósito de crítica para nada literaria.

Amanecí en mi cama -no en el suelo- hace un par de horas, afuera llovían, como quien dice, perros y gatos. Me bañé con misteriosa felicidad y predisposición dado que hoy iba a presentar los papeles para adquirir un puesto en la Universidad después de eternos cinco años. Como venía diciéndoles, me bañé, desayuné rápidamente, tomé el paraguas y corrí hacia la parada del colectivo. Hasta ahí todo bien. Subo y desde el vamos apareció la clásica viejecita a la que uno, por ética, moral o idiotez, le cede su asiento recién adquirido. Viajé parado, no fue tan malo. Entonces hizo su aparición nuestro buen amigo el Karma -“cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada”, dice Baglietto-: el colectivero puso un compilado de Arjona, Saez, Belinda, Sin Bandera y un listado interminable de “cantantes” paupérrimos. Fueron los treinta kilómetros más largos de mi vida.
Al llegar a la “imponente” -cuánta ironía ocultan las comillas- ciudad de Neuquén descubro que mi paraguas ya no trababa y la lluvia insistente y constante parecía haber aumentado su caudal. Los dioses, claramente, no jugaban en mi equipo. Caminé en subida unas ocho cuadras sosteniendo la base del adminículo que debía protegerme del líquido originario hasta que, utilizando los conocimientos que un viejo amigo apellidado MacGiver me dio, tomé una rama y arreglé el objeto empujando hacia arriba las cinco cuadras restantes.

La universidad era el fin último, sólo debía llegar, entregar las hojas que lo construyen a uno como sujeto laboral y comenzar el descenso cual Orfeo al Hades. Entré al edificio, que recuerda a un búnker alemán por sus pasillos, pasé al baño, me arreglé el pelo a los manotazos y procedí a acercarme al Departamento de Letras. Asido a la manija de la puerta descubrí con indescriptible terror que mi ingreso estaba restringido; en pocas palabras, estaba cerrado. Me dirigí al Departamento de Alumnos todavía con un resto de esperanza, pregunté por la tal Marité y me respondieron: “recién se fue al banco, no sé si va a volver”. Traté de poner cara de póker pero no me salió, miré el horario de atención “de 9 a 13”, a todo esto eran las 11 en mi reloj.

Puteo por dentro. “Espero”, respondí.

Iluso.

Ahora, a las 12:37, al menos he visto pasar a una treintena de personas. Ninguna fue la tal Marité.

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2 comentarios

Publicado por en octubre 7, 2011 en Real world

 

2 Respuestas a ““Salió al banco”

  1. anónimo

    abril 20, 2014 at 2:18

    Que intrigante… fuera de todo sarcasmo, qué pasó?

     
  2. Tinianov

    abril 20, 2014 at 15:32

    Marité salió al banco, prendí fuego el depto de alumnos y me volví a casa con los papeles en la mano.
    End of the line.

     

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