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Fly me to the moon.

21 Jun

A mi Psicometalera, para que jamás olvide ese momento.

Hace un mes atrás, el anuncio del fin del mundo se había vuelto moneda corriente entre los medios de comunicación, un loco cegado por la religión y el deseo de ser parte del sobrevalorado apocalipsis implantó la idea de destrucción en las masas sociales. Muchos le creyeron. Hoy, deberíamos estar muertos, deberíamos.

Afuera, en la calle, el frío calaba hondo en los huesos como si todo el hielo de Siberia hubiese caído sobre la ciudad de un momento a otro. La noche de otoño murió junto con las últimas hojas secas que vaticinaban el fin de la estación, dándole la posta a su sucesor invernal. En el interior del salón, las risas y los tintineos de los vasos se mezclaban con algún tema de los Doors que sonaba el fondo, el ambiente era cálido y acogedor: un espacio alejado de la realidad y del caos reinante. Ellos se sentaron en una mesa, no muy cerca de la ventana para no recibir el frío exterior a través del vidrio, ni muy cerca de la barra, para no escuchar la caja registradora en su recurrente vaivén que remitiría, indefectiblemente, a “Money” de Pink Floyd. Ella estaba nerviosa envuelta en su tapado gris, con el pelo aún húmedo y la cabeza sobre la mesa; él simulaba estar tranquilo, buscaba excusas para no hablar de más, para no caer en la verborragia propia del nerviosismo. Habían hablado mucho, ambos sabían lo que querían, pero ninguno podía evitar ese temor infantil que provoca el primer encuentro; “¿Y sí no le caigo bien?¿Y si realmente hablo demasiado?¿Y si, y si, y si…“. Infinitas preguntas para tan pocos segundos.

El mozo se acercó a la mesa por la derecha, desde la barra, tomó el pedido y pocos minutos después trajo una cerveza, dos vasos y un platillo lleno de maní. El muchacho tomó el vaso de ella mientras intentaba sin éxito mantener su mente y su boca desconectadas, lo llenó lentamente con el líquido y luego llenó el suyo. La miró a los ojos en la penumbra del salón —ahora quizá estuviese sonando un tema de los Guns, “Welcome to the Jungle” o “Sweet child o mine“, nunca lo recordaría—, quedó mudo al verla tan cerca, al sentir que ese momento era sólo de ellos; levantó el vaso y brindó “por el fin“, ella lo miró, él sonrió y se retractó: “o por el comienzo“. Sus vasos chocaron sellando el pacto en el que ambos acababan de quedar involucrados.

El tiempo pasó, fugaz como es su costumbre, y la noche fue muriendo de a poco adentro del bar junto con el contenido de la botella. Ambos hablaban como si se conocieran desde siempre, con simpleza y libertad; cada tanto se reían de alguna anécdota de esas que se cuentan mil veces y siempre provocan el mismo efecto. Debatían sobre música, por qué Foo Fighters sí y Nirvana no. En fin, hablaban y se conocían, o eso decían. Él se moría por abrazarla, la miraba hablar y sonreía, ella, probablemente, le estuviese analizando la dentadura y repitiéndose para sí misma: “esta costumbre…

La cerveza se terminó, la naturaleza llamó y en el pasillo que conducía hacia los baños ella lo abrazó tan fuerte que de no haber sido dos entes sólidos, se habrían unido para formar sólo uno. Salieron del bar, el frío había disminuido pese a que el tiempo había pasado; el reloj marcaba las 3:30 am cuando alcanzaron el auto, los dos juntos a la par. En la puerta del vehículo, él le agarró la mano, pequeña, suave, helada, y ella lo miró, acercó su cara y lo besó. Todo el mundo desapareció a su alrededor, no existía el frío ni el calor, por un instante fueron eternos. Él separó la cara de la muchacha, se alejó unos centímetros para mirarla y en su cabeza sonó la melodía de “Muchacha ojos de papel“, fuerte y constante. La abrazó otra vez y deseó no soltarla jamás.

Minutos después se subieron al auto, él encendió el motor y se perdieron de vista a la vuelta de la esquina. Hoy, un mes después siguen ahí en algún lugar, viéndose eventualmente, escuchando a Clapton o a Creedence en un bar. Hoy, el mundo sigue en pie, quizá gracias a ese brindis “por el comienzo“.

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Publicado por en junio 21, 2011 en My mind

 

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