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Paralelismo

17 May

Adam Cahill se despertó con la mortecina luz del alba ingresando por su ventana. Se movió inquieto bajo las mantas y de un salto se sentó en el borde de la cama, los tensores de acero que mantenían el duro colchón suspendido en el aire sonaron como las cadenas de los esclavos, dejando un eco de su chirrido en la silenciosa habitación. Tanteó a ciegas en busca de sus botas y con un esfuerzo enorme embutió sus pies en el interior. Se paró. Las tablas del piso crujieron bajo sus pasos. Tomó las grebas de cuero y su camisa del armario y se vistió con absoluta lentitud; los calzoncillos largos de algodón ya ocre quedaron debajo, como una segunda piel. Caminó hasta el mueble sobre el que descansaba el espejo, se vio avejentado, con bolsas debajo de los ojos y una barba de al menos diez días; frotó su cara añorando tiempos de juventud. Descolgó las pistoleras de la cabecera de la cama y se las ató a la cintura, los tambores de los dos Remington 1858 giraron sobre su eje con total liviandad. Se le hacía tarde. Salió con el chaleco en mano y la dorada estrella prendida al corazón.

Afuera, los rayos del sol daban color al tranquilo pueblo del Oeste. Cahill quedó inmóvil con el edificio a sus espaldas, vio al banquero trabar la puerta con llave, a los viajantes esconderse en el interior de la taberna, a las mujeres cerrar los postigos de madera, los mismos que, probablemente, habían abierto minutos antes. Supo entonces que Él ya había llegado. Miró hacia la torre de la iglesia, aún quedaban tres minutos para el encuentro. Caminó desanimado hasta el centro de la calle, y con la cruz cubriendo su retaguardia miró hacia el desolado horizonte que se abría más allá de los límites del pueblo. Una figura apareció desde una de las calles aledañas y se paró frente a él, con el horizonte a sus espaldas. No se dijeron nada, ambos tomaron sus posiciones y se amuraron al suelo; los dedos de Cahill parecían tocar la pianola a escasos centímetros de las culatas de sus armas.

La primera campana sonó.

Cahill sintió nervios de principiante, algo no andaba bien.

El bronce sonó dos veces más.

Sus piernas temblaban débilmente y su espalda se había puesto rígida.

Por cuarta vez, la campana cantó.

Había sido el Sheriff durante quince años, era hábil con el revólver, era rápido para disparar… Era.

Hubo una quinta campanada.

Sólo faltaba una y el pueblo estaría a salvo una vez más, se dijo. Pero entonces, una sensación desconocida cruzó fugazmente por su cabeza y se instaló en sus memorias. Se vio en el cuerpo de un joven, en un mundo que le era desconocido, un pueblo con grandes torres hechas de cemento y vidrio. Sintió un escalofrío. De pronto, no supo cómo utilizar un arma, él no sabía disparar, nunca lo había hecho. Miró con desconcierto a su alrededor y se encontró en un pueblo solitario, vestido como un vaquero; al otro lado, una figura sombría esperaba el momento adecuado.

Por fin comprendió.

El tiempo se detuvo en seco. Los segundos previos a la última campanada parecieron eternos. Él no era Adam Cahill, no Ese Adam Cahill. Algo en el rumbo del Tiempo había hecho saltar el disco, había alterado el continuum y el Destino le jugó una mala pasada.

La última campanada sonó lejana junto con la explosión de un arma. No había sido la suya.

El Sheriff Adam Cahill yacía muerto sobre la arena de un viejo pueblo del Oeste. Hombres y mujeres se preguntaron durante años qué fue lo que quiso decir con sus últimas palabras: “Yo no soy…”. Los Remington 1858 durmieron en sus pistoleras sobre el cajón de madera, bajo varios kilogramos de arena del desierto.

Nadie sabría jamás que, a veces, hasta el Destino comete errores.

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Publicado por en mayo 17, 2011 en Cuentos, Literatura

 

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