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Decálogo de cumpleños

30 Jun

Año tras año siempre ocurre lo mismo, cuando de cumpleaños se trata las cosas jamás cambian. Desde las inocentes fiestas en las que uno regalaba —absurdas pero muy entretenidas— bolsitas con juguetes, tomaba gaseosa de naranja y jugaba a la pelota; hasta las jodas —ya de secundaria— en las que la pizza, el fernet, la cerveza, las charlas delirantes y la música, suplantan a las bolsitas por juguete y a las gaseosas de naranja. Por esa y por otras tantas cosas más es que he decidido, en el día de mi cumpleaños, formular este decálogo que pecará de delirante e innecesario:

Un año más, un año menos. Hay gente a la que le gusta cumplir años y gente a la que no; estos últimos, por lo general, esperan no envejecer jamás o, como es mi caso, esperar inútilmente la inmortalidad. Con cada año nuevo que llega es uno menos de vida que nos queda, pero eso sería pensar de forma demasiado pesimista; es mejor pensar que hay algo de las “amebas inmortales“, esas de las costas japonesas, en nosotros y rogar por que en algún momento, cuando menos lo esperemos, se active. Como en Highlander, que se daban cuenta de su inmortalidad porque se despertaban llenos de plomo, con el cuello fracturado y cosas por el estilo…

¡Uh, cayó un miércoles!. Cuando eras chico te importaba poco y nada qué día caía tu cumpleaños, a fin de cuentas no tenías ningún tipo de preocupación y podías, tranquilamente, festejarlo igual. Cuando subís de nivel y entrás en la secundaria la historia es otra: seguro tenés taller o clases a la tarde, asique el festejo espera hasta el fin de semana; eso sí, de los golpes no te salvás. En cambio, en la universidad la situación vuelve a cambiar: podés no cursar ese día pero, seguramente, vas a tener para hacer tres monografías, dos ensayos, un informe; tus amigos laburan o cursan y vos tenés que ir si o sí a la facultad para entregar un trabajo insignificante que podrías haber mandado por mail. Una vez más decís: “lo dejo para el finde“, pero te olvidaste que tenés una jornada de lectura de trabajos ese sábado. “Buenísimo, lo festejo dentro de tres meses, no hay drama.”

La fiebre mundialista. Cuando tu cumpleaños cae a dos semanas de terminar el evento futbolístico más importante del universo —porque dudo que los extraterrestres jueguen al fútbol— y la selección de tu país está a punto de disputarse el pase a semifinal, el horno no está para bollos. Todos andan alterados y cuando eso sucede el apetito aumenta, por ende, es mejor tener una o dos dotaciones extras de comida al momento de festejarlo para no irse a las manos con aquél que quedó hambriento. Nunca falta quien quiere más porque, por criticar a Mascherano, no comió lo suficiente.

La necesidad de Selva negra. Definitivamente, no hay cumpleaños sin una buena selva negra, ¡eso es una torta!. Y ni hablar si a eso se le suma una torta de mouse de chocolate con crema, una pastafrola (infaltable), una bomba de chocolate con dulce de leche y la especialidad de la casa: el banana split. ¡Marche la torta!

El colgado. Todavía me pregunto si la gente que se autodenomina “colgada” para con la vida cotidiana, olvida —valga la redundancia de la situación— su condición de sujeto “colgado” cuando se aproxima un cumpleaños. Ese nunca falta, es el primero en llegar, el último en irse y el que menos comida te va a dejar sobre la mesa. Después de todo, es tu amigo y lo bancás, pero seguirá siendo un misterio hasta que se me ocurra ahondar en la cuestión.

“¿Regalo? no te hagas drama”. Esta es la mentira más grande de la historia después de los dinosaurios, los esquimales y el “no sos vos, soy yo“. Podés contentarte con la presencia de tus amigos en la reunión, de la chica que te interesa (cosa que nunca sucede), pero SIEMPRE esperás, aunque sea, un regalo al cual destrozarle el envoltorio. “Felicitaciones, es un nuevo par de medias azules y un boxer blanco.”

“Es como tirar una salchicha en un pasillo”. El cumpleaños, dada la pluralidad de sujetos que asisten, es el ambiente perfecto para las frases que hacen historia. Grupos variados se forman aquí y allá, estos hablan de la facultad, aquellos de Tinelli y su bailando por un sueño y los otros suelen estar en su mundo virtual, esa otra dimensión que solo algunos comprendemos. De allí es de donde provienen frases que perdurarán en el tiempo, que jamás podrán ser olvidadas y que los otros dos grupos nunca podrían comprender correctamente. Eso es lo que llamo humor inglés: es una bomba escondida bajo un manto de sutilidad y necesitás un mínimo de pensamiento lateral para comprenderlo.

Música y alcohol. A ver, la música suele ser siempre metal en sus formas más variadas; claro está que uno no va a poner Manowar para cuando corte la torta porque, probablemente, el 90% de las mujeres abandone la estancia con la excusa de que se olvidó el horno prendido en casa. Sin embargo, siempre se escapa alguna canción de bandas de power metal como Rhapsody, por ejemplo, y uno, con un poco de alcohol en sangre, termina bailando la coreografía ideada para tal canción. Sí, una coreografía para una canción de power metal, ¡eso es innovar!

“Che, ¿me traés una rejilla?”. Se suma a la lista de las cosas que NUNCA faltan en el cumpleaños: la volcada de gaseosa/cerveza. Hombre precavido aquél que vaticina el vuelque de líquido sobre el mantel recién sacado del cajón, con perfume a “Vívere” (chivo) y coloca el nylon para ahorrarse problemas. El sujeto volcador es infaltable en el cumpleaños, se sienta al lado del que se come hasta las servilletas, se va último y, encima, te vuelca la Coca-Cola con la excusa de: “¡Uh, no la vi. Yo quería papitas fritas de esas que  están atrás de tres botellas, dos vasos y una torta“. Asentís con la cabeza y buscás la rejilla, limpias y a los 20 minutos escuchas la misma excusa, pero ahora con palitos.

Orden y limpieza. La verdadera odisea onomástica es esta parte, la limpieza de la gran mesa que, momentos atrás, estuvo repleta de cosas dulces, saladas, gaseosas y alcohol. Ahora es un verdadero cementerio de animales que esconderá cosas terribles y asquerosas: servilletas llenas de gaseosa, pegoteadas con dulce de leche, manchas de membrillo en el mantel, cadáveres de bebidas y algún trozo de Selva negra que se cayó al piso y no comieron. Bolsas y bolsas de basura serán el resultado de la reunión que juntó a todos los avatares posibles de una fiesta: el callado, el que habla, el que vuelca, el que come, el que chamuya y no le sale, el que chamuya y le sale, el emo, el metalero, la secretaria, la intelectual, la hippie, la fiestera y los borrachos.

Dioses exteriores, frases irrelevantes, comentarios delirantes, conversaciones típicas de cada uno de los sub grupos que se forman dentro de la reunión, el cumpleañero pasando por cada uno de ellos y comentando algo netamente innecesario. Ese sería el resumen perfecto de lo que es un cumpleaños, pero creo que son otras las cosas que lo describen: comida, mortalidad y alcohol. El día en que los científicos descubran que tenemos quickening en nuestro interior y que solo debe quedar uno para ganar el juego, se van a acabar los cumpleaños, solo serán grandes banquetes con orgías dionisíacas. Eso es vida.

Dado que este decálogo entro en franca decadencia a partir del punto 3 es que decidí suspender la realización de un próximo hasta el 30/06/2011. Evito problemas, aburrimiento y me ahorro el odio de la masa lectora.

Hasta la próxima.

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Publicado por en junio 30, 2010 en Delirio Suburbano, Editorial

 

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