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Por debajo, algo se estaba gestando.

03 May

Y, de un momento a otro, el mundo simplemente… explotó.

Si, sucedió sin previo aviso tres siglos atrás cuando todo lo que hoy conocemos dejó de existir de manera repentina; simplemente tembló y… ¡Pum!, ya no había nada a tu alrededor. Lo recuerdo porque estuve allí esa tarde de primavera, nosotros siempre estamos en esos momentos.

Como bien digo, era un miércoles 4 de mayo a las 16:07:25 hs. Estaba parado en medio de Les Champs-Élysées, en París, y a mi lado las personas se movían a paso velóz, todos listos para irse a sus casas a mirar televisión, cenar y dormir. Pero ese día sería distinto, ninguno alcanzaría a, siquiera, prender el televisor, ninguno de ellos pondría una bandeja de comida a calentar en el microondas o se acostaría a descansar en su sofá mientras el tiempo simplemente pasaba fugáz por la ventana.

De lo único que me lamenté en ese momento es de no haber estado al pie del monte Fuji, en Japón, para ver los pétalos de los cerezos volar con libertad en armonía con la brisa. Esa nube de pequeños copos color rosa que tiñen el mundo con su color.

El suelo tembló. Nadie lo notó.

Avancé junto con la masa, atravesé el Arco del triunfo y me quedé parado junto a uno de sus laterales. Desde ese punto tenía una visión general de todo lo que acontecía a mi alrededor.

El reloj marcó las 16:13:44 hs. El suelo se movió un poco más fuerte y las noticias no tardarían en anunciar un terremoto a escala mundial, un único terremoto. Nadie lo notó, pero sus cuerpos lo demostraban implícitamente:  sus caras hastiadas, sus ojos hundidos y esa mueca apagada que advierte la presencia de la Muerte.

Ahí me quedé y recordé mi estancia en África, el imponente Kilimanjaro apareció frente a mis ojos, París se perdió de vista mientras revivía  lo que parecía ser una vieja película. Una brisa fresca atravesó mi cuerpo, sentí los aromas del África oriental en mi naríz y me fue imposible no sonreír.

Una vez más, tembló.

Desperté de mi letargo y el reloj mostraba las 16:15:03 hs. El movimiento del suelo adquirió, rapidamente, una ferocidad increíble; todos gritaban, todos corrían y yo solo contemplaba cómo el aslfalto se había convertido en un embravecido océano.

Miré la hora por última vez y la pantalla mostraba las 16:16:14 hs. De un momento a otro se escuchó una explosión ensordecedora, no fue sobre París, ni aún sobre Francia, fue general; supongo que en cada rincón del planeta Tierra se escuchó con la misma intensidad. Luego vino lo de siempre: esa maldita luz blanca, tan candente y cegadora como el mismo Sol, seguida del frío repentino en todo el cuerpo, el mareo y, por ultimo, la comodidad de mi habitación en la nave.

Si, ahí estabamos nosotros, como siempre, esperando a que llegara el momento de la purificación. No pedimos permiso, después de todo una persona no golpea la puerta al entrar a su propia casa. Preservamos lo que es nuestro, destruímos los errores y plantamos el suelo nuevamente.

Así, una, otra y otra y otra vez.

Nunca llegan a saber de nuestra existencia porque actuamos desde las sombras. Siempre somos como ellos, nos parecemos y sentimos como ellos, en cualquier confín del infinito universo. Siempre es igual.

·

·

NOTA: Qué gusto me da volver a escribir algo que sale espontáneamente de mi cabeza. Eso es lo que me encanta del blog, es un espacio que te llama a escribir, te incita a crear una vez que estás frente a su hoja. Aún creo que debo trabajar en el título del relato, no tiene el “punch” que me gustaría que tenga. Quizá, quien dice, en una segunda edición venga corregido. Como dijo Isaac Asimov: “Aquél que cree que el primer borrador es el definitivo, no es escritor.

Alquimista, cambio y fuera.

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Publicado por en mayo 3, 2010 en Cuentos

 

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