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Cromo, cuentos y colectivos

10 Abr

Hoy, mientras miraba a través de la desvencijada ventanilla del colectivo, me puse a pensar en todas aquellas palabras, en todas aquellas cosas, en todos aquellos deseos y todas esas personas que jamás voy a decir, hacer, querer o conocer. Me puse a pensar en que soy un Ser de existencia finita, que mi tiempo, tarde o temprano se va a acabar y voy a quedarme sin ver y sin vivir una infinidad de cosas.

Desde el interior de mi mochila un libro cromado de William Gibson comenzó a inquietarse entre los cuadernos y las fotocopias. Pequeño, maleable y de buena edición; entre sus tapas almacenaba unos diez cuentos de ciencia ficción, atrapantes como los policiales y tan fantásticos como el mejor sueño que puedas tener en una noche. Lo abrí sin pensar y lo primero que leí fue: El continuo de Gernsback. El cuento me planteaba un futuro en el que los autos voladores no habían sido más que una utopía en los años ’30, en el que un hombre puede cambiar su apariencia con solo imaginarlo pero que aún utiliza cámaras Nikon de los años ’80; un verdadero ejemplo de pop-art.

Lo leí íntegro, me abstraje de la realidad, y me metí, lentamente, en el mundo que me dibujó Gibson. Por un momento me vi en la piel del personaje, en la piel de ese mercenario-fotógrafo de lo raro que recorría los Estados Unidos buscando los restos de un futuro que nunca fue. Me vi encerrado en mi (su) Toyota rojo, manejando por la autopista con Tucson a mis espaldas; una Tucson modificada por mi (su) propia visión , una ciudad que nunca fue y nunca será, llena de neón, gente vestida de blanco, un futuro perfecto. Pierdo la alucinación lentamente, todo desaparece y yo, por un momento, vuelvo al colectivo, a mi realidad; pero no me gusta.

Sigo leyendo y escucho el ruido de ese avión monstroso con forma de boomerang y doce hélices, construído en los años ’30, incapáz de volar. Ruge a lo lejos, alzo la vista y lo veo tapando el sol; junto con el sonido penetrante de los motores funcionando se escuchan algunas notas de jazz que provienen, seguramente, de uno de los tres salones de baile del albatros de metal.

El mercenario-fotógrafo toma una pastilla estimulante y una cena dietética, envía las fotos a Europa, su trabajo está terminado (y el cuento también). Vuelvo a la realidad, a mi realidad; estoy, otra vez, en ese incómodo asiento de colectivo. Escucho el ruido de un motor y pienso en ese increíble avión cromado, pero solo es el sonido del motor de mi transporte interurbano.

Cierro el libro, lo guardo, y pienso en esa otra realidad, en ese otro mundo alternativo que la literatura logró captar de forma tan perfecta y, a la vez, tan caótica. Pienso en ese futuro que siempre deseé ver, vivir y sentir, en el que los implantes cibernéticos y el neón son moneda común en el día a día. Recuerdo, vagamente, el libro de Philip Dick: Sueñan los androides con ovejas eléctricas -título que fue cambiado a Blade Runner luego de que lo adaptaran al cine en la década de los ’80-. Se me viene a la mente el personaje de Harrison Ford corriendo bajo una lluvia eterna, entre lata, autos unipersonales, andróides y perros cibernéticos; se me viene esa imagen y pienso en todo eso que no podré ver, lo que no podré probar y lo que no podré conocer por mi condición de Ser finito. Por mi condición de Mortal.

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Publicado por en abril 10, 2010 en Literatura, My mind

 

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