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¿Qué busca Sr.D?

22 Mar

Curioso, carismático, cobarde, confabulador e idiota, eran los adjetivos que mejor describían al Sr. D. Un pobre diablo en el que, sin saberlo, Dios desperdició un fragmento de su poder.

El Sr. D., como solían llamarlo, pasaba sus días buscando la manera de resaltar, estúpidamente, por sobre un grupo de humanos carentes de convicciones y de masa encefálica. Cuando él decía “a”, sus caniches respondían de igual modo. Desde afuera, la sociedad lo miraba azorada, no podían comprender de qué pozo había salido tal bicho y cómo es que aún nadie le había puesto los puntos sobre las “i”; más allá de eso, poco les importaba lo que hiciera o dejara de hacer el Sr. D., era uno más y, como tal, no influía sobre la vida de nadie.

Sin embargo, él veía el mundo de otra manera: a su alrededor se eregía un ambiente fantástico, un mundo en el que las apariencias están a la orden del día, en el que ser un idiota es ser un dios, un lugar donde todos son felices porque él está con ellos, después de todo, un país de las maravillas sin Alicia. Pero eso no era lo único, su concepción del mundo era totalmente antropocéntrica, obvio, siendo él el centro del universo y no cualquier otro mortal; la vida giraba entorno a él y no a través de él. Saquen sus propias conclusiones.

Un día “X”, mientras regresaba a su casa intentando no tropezarse, debido a que un ojo se lo cubría su pelo porque estaba de moda andar así, el Sr. D. tuvo un encuentro muy particular. Según cuentan algunos, se encontró consigo mismo, otros dicen que vio a Dios y, el 90% de los encuestados coincidieron en que había sido un invento de él para llamar la atención. La verdad de la milanesa es que suciedieron estas tres cosas a la vez. ¿cómo pude ser posible? se preguntarán, bueno, permítanme que les cuente:

Era una noche clara de fines de Marzo; la luz plateada de la luna se encargaba de darle un toque áureo a todo aquello sobre lo que se posaba y una suave brisa mecía las plantas en un sordo compás. Allí estaba él, caminando con paso lento hacia su hogar, tenía toda la vereda para él solo, pero no veía más que la mitad. Siempre estaba intentando ocultar, de una u otra forma, algún aspecto de la realidad, creía que esta no había sido hecha para él; creía mucho y hacía poco.

La cosa es que caminaba sin detenerse cuando, de una esquina, apareció un hombre. Altura media, delgado, las sombras cubrían el resto; en ningún momento se dejó ver totalmente y una vez que terminó de hablar con el Sr. D., desapareció del mismo modo que apareció.

– Alto ahí -le dijo el sujeto con una voz familiar-. Alto ahí -repitió.

El Sr. D., que, como dije, no se caracteriza por su valentía, deseó en ese momento poder correr tan rápido como se lo permitiera su paupérrimo estado físico. Pero, el miedo lo traicionó y quedó congelado en el lugar. Desde abajo del árbol la sombra volvió a hablar:

– Qué decadente es verte personalmente -comentó con un dejo de burla en su voz.

– ¿Qu… quién sos? -logró decir el Sr. D., mientras intentaba controlar sus nervios.

– Alguien que te conoce bien -le contestó el hombre.

– Mirá… mirá que… que yo tengo amigos muy importantes, más vale que no me hagas nada porque te las vas a ver con ellos – ijo el idiota esperando asustar a su supuesto asaltante.

– No me hagas reir pibe, los dos sabemos que no tenes amigos, no sabés que son los amigos y, menos aún, tenés a alguien que te vaya a defender -dijo entre risas-. ¿Acaso olvidaste a todos los que cagaste? No tenés a nadie pendejo, tu ignorancia y tu estupidez hicieron que perdieras a los pocos que te rodeaban.

– ¡Eso es mentira! -gritó el Sr. D.-, tengo muchos amigos que te van a golpear. Aprate, ¿vos quién carajo sos?

A sus espaldas, el Sr. D., escuchó al sujeto acercarse lentamente, pero no pudo mirar, su cuello estaba paralizado. La voz penetró en sus huesos, inclusive sintió dolor.

– Dale… seguí. Si te hace felíz saberlo soy Dios, bajé porque estaba aburrido allá arriba y, sinceramente, me tenés podrido -contestó el sujeto sin inmutarse- Realmente te gusta tu mundito de fantasía ¿no? Caé a la realidad de una vez por todas, acá no sos nadie y lo sabés -el tono era tajante, con palabras concisas y violentas-. ¿Siquiera sabés quién sos? Decime tu nombre.

– Soy el Sr. D. -respondió convencido, casi vanagloriándose de su triste y vacío pseudónimo-. El Sr. D. -recalcó.

– ¡Ja! “cuidado, es el Sr. D.” – se burló el sujeto a sus espaldas- Jamás te vas a dar cuenta que tu nombre tiene tanto sentido como regar la vereda un día de lluvia ¿no?. La gente te sigue porque es más idiota que vos, lo único que demostrás con tus actos es que el humano es una criatura vacía de sentido.

El Sr. D. no comprendió la analogía, todo lo que le exigía a su cerebro pensar no estaba hecho para él. Sin embargo, no podía quedarse callado, él no podía perder y, menos aún, frente a un desconocido.

– La gente me sigue porque soy bueno en lo que hago, porque saben que no hay otro como yo, porque soy único y les muestro el mundo. Por eso me siguen -dijo con aires de grandeza en un arranque de total valentía e inhumano ego.

– Muchacho, no seas absurdo, te siguen porque no tienen a quién más seguir. Porque te puedo asegurar que si viene otro monstruito como vos, que anda a “la moda” y se pinta los ojos para ir a trabajar, quedarías en un segundo plano.

Estas últimas palabras no le gustaron al Sr. D. porque sabía, muy en el fondo, que eran ciertas. Poco a poco estaba recobrando su movilidad, solo faltaba que las piernas comenzaran a responderle para que su cerebro enviara la orden de: “corran lo más que puedan”.  Pero entonces el sujeto habló a sus espaldas por una última vez:

– Asique, Sr. D., esa es la cruda verdad. Vivís porque alguien así lo quiso, pero el mundo no te necesita; no sos más importante que un niño que acaba de nacer en Somalía o un anciano que está muriendo en la India, simplemente sos uno más -acotó el hombre volviendo a la sombra del árbol de donde salió-. Te gusta pensar que estás en boca de todos, te gusta inventar historias en las que vos sos el protagonista, te gusta jugar a ser la víctima pero jamás el atacante. No tenés personalidad y vivís la de los otros. Pero, lo peor de todo es que sos consciente de que eso es cierto y aun así no haces nada para cambiarlo. Entonces, dígame ¿Qué busca Sr. D.?

La pregunta resonó en la cabeza del Sr. D. pero, en ese mismo instante, se dió cuenta que sus piernas habían vuelto a activarse. Su cerebro envió la orden y estas se movieron más rápido que las de una gacela siendo perseguida por un león. Mientras corría estúpidamente hacia su casa ubicada a dos cuadras miró hacia atrás y, entre luces y sombras, creyó ver un rostro conocido. Creyó verse a sí mismo. Abrió la puerta y se dirigió diréctamente hacia la computadora, se sentó y abrió Facebook: “Dios me quiso robar en la esquina! soy groso.

Su posteo obtuvo 200 comentarios en tan solo unos cuantos minutos. Comentarios como: “jaja XDXD“; “U q bueno, komo es Dios“; “ahhh zoz ezpezial Sr. D.” y otros tantos que no vale la pena mencionar. Cuando vio que le habían contestado, el Sr. D. respiró profundamente, había mucha gente que lo seguía y lo acababa de demostrar; se sintió importante una vez más. La pregunta que le hizo el sujeto ya no la recordaba pese a que habían pasado unos… 20 minutos, no servía para recordar esas cosas, ahora su mente divagaba entre todo que tenía que hacer -que para un humano convencional se resumía en “boludeces”.

Amagó a cerrar la ventana del navegador de internet cuando empezó a atar cabos: el sujeto con el que se había encontrado hablaba muy parecido a alguien que conocía desde hacía años, alguien a quien recientemente había intentado manchar en un acto de extrema envidia. Cerró los ojos unos instantes para aparentar que pensaba, pero se rindió al ver que ninguna idea le surgía de la cabeza; abrió una nueva pestaña en su navegador y colocó una dirección, era un blog. ¿Cómo lo encontró? ni él mismo podría contestarlo.

Revisó una por una las 58 entradas del tal “Tinianov” buscando algo que lo delatara, algo que lo mencionara a él -les dije que era egocéntrico-, pero no encontró nada. Entonces descubrió algo: un cuadro de búsqueda. Supuso que se le había pasado de largo entre tantas palabras, todo en el eran suposiciones. Decidió colocar su nombre en el buscador: “Sr. D.“. De repente algo apareció frente a sus ojos y un escalofrío corrió por su columna. Esa entrada no estaba ahí antes, él la tendría que haber visto, ¿cómo era posible? Temió, cerró el navegador y se fue a acostar. Su mente le acababa de jugar una mala pasada.

Lo cierto es que -y esto jamás lo sabrá el Sr. D.-, Tinianov estaba escribiendo esa entrada mientras él revisaba el blog. El propietario de la página se divertía pensando en lo que el pobre idiota diría cuando finalmente encontrara eso que en vano estaba buscando. Esa noche le había dado una lección, aunque sabía que no sería suficiente y, por eso, decidió dejar inmortalizado el momento. Se reía estúpidamente mientras leía en la pantalla el título de su nuevo trabajo, recurrente, insinuante y burlesco: “¿Qué busca Sr. D?”

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Publicado por en marzo 22, 2010 en Cuentos, My mind

 

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