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Borges y yo

10 Mar

Hace mucho que no posteo nada, nada interesante, nada aburrido, nada de nada. En esta fresca mañana de casi Otoño un aviso me recordó un cuento, breve, muy breve, de uno de mis escritores favoritos y pensé: “nunca le dediqué ni dos palabras a este señor“; me dio un poco de vergüenza.

En el blog tienen un lugar los hermanos Grimm, Lovecraft, Wilde, Goethe, Arlt, e inclusive Laiseca, pero nunca Borges. Creo que es un buen momento para hacerlo entrar en escena. Sé que después de él vendran algunos “Poes”, quizá algún “Cortazar” y, entre ellos, actualizaciones varias de mis obras inconclusas. Pero, por ahora, sólo una pequeña charla con el hombre que me enseñó lo que era la ficción, el mismo hombre que me despertó un gusto intrínseco por la literatura río platense y los alephs, las bibliotecas y los laberintos. No es el hombre por el que estudio la carrera de las letras, pero si el favorito de cada uno de los profesores hispanoamericanos. Si me dejan opinar, creo que otros tantos escritores olvidados merecen un lugar en las universidades. Sin más preámbulo:

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BORGES Y YO

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo xviii, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Seria exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páinas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mi podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.
No sé cuál de los dos escribe esta página.

(El hacedor. Buenos Aires: Emecé, 1960)

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Publicado por en marzo 10, 2010 en Cuentos, Literatura

 

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