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Día 5

06 Feb

.. /.. /1950

No estoy seguro de saber qué día es hoy. Aún estoy en San Miguel, pienso partir esta misma noche de vuelta a Capital y de ahí tomaré mi barco hacia Estados Unidos. Ayer estuve con el profesor Dirack, me ha ayudado mucho estos días, su investigación sobre los “Antiguos” es asombrosa, no sé cómo es que he llegado a meterme en este caso, no sé por qué yo, pero es sorprendente. Creo que iré a verlo ya mismo para despedirme hasta la próxima vez.

· · ·

¡Por el amor de Dios! Esto es demasiado. ¿En qué me he metido?¿Quién podrá creerme? El único hombre que podía llegar a hacerlo está… ¡muerto!

No me salen las palabras, no puedo escribir si quiera en este diario, no puedo expresarme. Las cosas no están bien, definitivamente no lo están. Si no me descargo probablemente me vuelva loco. Loco. Nadie me va a creer.

· · ·

Pasé 2 horas sentado mirando el respaldo del asiento que está frente a mí, estoy un poco más tranquilo, lo cual no quiere decir que esté del todo tranquilo; no puedo estarlo de ningún modo. La camarotera pasó sirviendo té hace una media hora, creo que le pedí tres tazas, quizá eso me calmó. Es hora de que cambie el sentido de esta bitácora, dadas las circunstancias no sé qué puede ocurrirme y, en caso de que ocurra lo peor, sería bueno que alguien conozca la verdad. O por lo menos mi verdad. Desde este momento, este pequeño cuaderno de tapas marrones será mi diario y no un mero anotador del progreso de mi investigación. Lo que pensé que sería un pequeño descubrimiento arqueológico ha ido más allá, soy parte de algo mucho más grande y creo ya no puedo salir; asique, atento lector futuro, quiero que sepas que todo lo que se ha escrito hasta el momento y todo lo que escribiré es la pura verdad. Hay algo entre nosotros, algo antiguo y horrible.

Fui a ver a Dirack esta tarde y me encontré con una escena propia de Goya, reproducirla es imposible, recordarla me produce escalofríos, pero si no me la quito de la cabeza voy a terminar mal.

Llegué a su despacho y no encontré a nadie, supuse que estaría abajo, en el sub suelo buscando algo asique eché llave a la puerta y me aventuré a correr la estantería que daba paso a la marmórea escalera caracol. El aire frío golpeó mi rostro, pero más allá de humedad, acarreaba consigo un aroma fétido que al principio no noté; recién cuando estaba llegando a la base de la escalera, cuando el aroma se volvió más intenso, pude notarlo con claridad. Todavía puedo sentirlo impregnado en mis ropas a pesar de que me cambié antes de subir al tren, creo que es una sensación producto del mismo terror que me causó la situación; el olor atacó a todos mis sentidos, me descompuse inmediatamente y mi cabeza comenzó a dar vueltas. Recuerdo haber caído al piso y haber despertado media hora después con el aroma aún invadiendo el salón.

Me incorporé como pude y grité el nombre de Dirack en vano. Me bastó sólo con alzar la vista para encontrarme con la terrorífica escena: cada uno de los seis pilares que sostenían el techo estaba pintado en sangre ya seca y, justo en el centro del lugar había un gran símbolo, un pentagrama deformado hecho con cenizas o algo por el estilo. Dentro del símbolo los restos de velas habían dejado ligeros manchones de cera sobre la piedra; había símbolos extraños dibujados con sangre en cada uno de los cinco espacios que quedaban entre las puntas del pentagrama.

El olor era insoportable, pero creo que para ese momento todos mis sentidos se habían apagado, actuaba de forma automática mientras seguí gritando el nombre del profesor. Entonces, en un momento de desesperación, lo vi, no sé cómo no lo noté antes. Envuelto en las sombras de los archiveros, en la pared de fondo, Dirack yacía sentado en su escritorio con la cabeza gacha. Por un momento pensé, inocente de mí, que estaba desmayado, que alguien lo había golpeado; pero entonces recapacité, me acerqué temeroso de lo que me fuese a encontrar y ahí estaba, Dirack sentado, desnudo y lleno de sangre. ¡Qué repulsión! Sobre el escritorio había un pequeño cuaderno abierto por la mitad, la falta de luz ayudaba a esconder la verdad, hasta que decidí encenderla. Frente a mí, la escena terminó de mostrar su… su… Dios, me fallan las palabras. La pared del fondo, detrás del profesor estaba tinta en sangre al igual que las columnas; sobre el escritorio, el cuaderno abierto mostraba dibujos, garabatos y palabras en un idioma que no desconozco. Los archiveros estaban cerrados, nadie había sido el causante de eso más que… ¡más que el mismo Alejandro Dirack! Me pregunto qué intentaba hacer, qué esperaba descubrir.

Tomé la libreta, la guardé en el bolsillo de mi saco. Quité una sabana que cubría un sillón en el que nadie parecía haberse sentado en años, y con ella cubrí al profesor. No me atreví a tocar el círculo de cenizas que había sobre el piso. Caminé hacia la escalera y, antes de ascender miré por última vez aquél lugar, fue entonces cuando lo noté: en la desesperación me olvidé de apagar el velador del escritorio, las manchas de sangre de la pared de fondo no eran mero azar, había algo escrito, algo escrito por las manos del propio Dirack. Cuatro letras, más palabras que no reconozco: “YITH

¿Será posible que sea el mismo idioma en el que habló aquél inglés durante mi viaje a Capital?

Un momento. Me acaban de traer el diario: “20/07/1950”. No puede ser, la fecha debe estar mal; no, el pasaje dice lo mismo. Eso quiere decir que la última vez que vi a Dirack no fue ayer, fue hace un mes atrás, justo un mes. Pero entonces… ¿Qué pasó durante todo este tiempo?

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Publicado por en febrero 6, 2010 en Cuentos, En las sombras del Tiempo

 

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