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De la inmortalidad y otras cosas

01 Feb

Sentado en el patio, con “Dorian Gray” y el “Fausto” de Goethe sobre la mesa, me puse a pensar en una cosa o dos que luego de un rato me resultaron significativas. Miré el parque que se extendía ante mis ojos y noté, como nunca, el verdor de la naturaleza, la vida que se escondía en cada una de las hojas del jazmín, en cada una de las hebras del césped -representación fiel de la individualidad y de la colectividad al mismo tiempo-. Alcé la vista hacia el cielo y me encontré con lo eterno, ese espacio infinito que permanece en constante cambio, que cautivó a tantos poetas en el pasado y atrae a tantos otros en el presente.

Volví a la realidad. Pienso en lo que hizo Fausto para obtener el saber supremo, ese conocimiento que les fue vedado a los propietarios del Paraíso bíblico; pienso en la entrega de su alma y en cómo resultó: muere, al final los héroes siempre mueren. Fausto hizo un pacto con Mefistófeles -señor de las Tinieblas y todo eso-, cambió su alma por el conocimiento, por la posiblidad de interpretar la Naturaleza. Adán fue el único que obtuvo ese conocimiento, el conocimiento de Dios y lo obtuvo engañando al Padre, comió del árbol de la sabiduría tentado por Mefistófeles. A cambio de eso se ganó el exilio.

El hombre, entonces, ocupa este lugar sobre la Tierra solo porque no se le está permitido saber. Pero ahora yo sé, se que la Naturaleza se mueve por sí sola, actúa por propia voluntad más allá de lo que nosotros hagamos sobre ella; ella siempre gana. Es la propietaria real de este pedazo de roca gigante en el que estamos parados, nosotros solo somos espectadores, la modificamos y ella vuelve a su estado original. Es tan inmortal como el cielo, siempre rejuveneciendo, siempre reordenándose, readecuándose a las situaciones, permaneciendo hermosa. La Naturaleza, ya vista por los Románticos en toda Europa, es la madre de todo, es la representación de la perfección.

Aquí aparece Dorian y su inmortalidad. Ese joven inglés, intelectual y aristócrata, bohemio, silencioso y misterioso. Al igual que Fausto, en toda su vanidad, el muchacho entregó su alma a un cuadro a cambio de descubrir los poderes de la juventud eterna. Belleza y juventud fueron sus virtudes durante más de treinta años mientras la obra de arte más perfecta que jamás se hubiese visto se llenaba de maldad y se corrompía con sus pecados.

Dorian enloquecía cada día un poco más al mirar su cuadro llenarse de sangre, arrugas y maldad. Llegó a odiarse por haber lanzado esas palabras al viento: “desearía que la juventud no acabara jamás“; pero no había vuelta atrás, un alma vendida es un alma perdida. Apuñaló el cuadro para no ver su reflejo, se apuñaló a si mismo, se suicidó sin saberlo. El cuadro recobró su pureza original.

Entonces, yo pienso: el conocimiento de la Naturaleza es malo, cuando el humano lo adquiere se acerca al estrato de un dios -ya sea Dios, Yavhé o Zeus, los tres alejan al humano del Saber-; pero la inmortalidad tampoco es buena, y quizás por eso somos cuerpos finitos. La vida eterna acarrea consigo el sufrimiento, las penas y una mente que se corrompe a lo largo de los eones; todo eso a cambio de la juventud ¿realmente vale la pena?

Dorian y Fausto mueren en sus historias, cada uno en su mundo sucumben bajo el yugo de algo más grande, algo contra lo que no pueden luchar. La muerte de Fausto está pactada desde el comienzo de la obra, desde la apuesta que juegan Dios y el Diablo en el Cielo; la de Dorian se escribe con cada paso que da en busca del placer. En cambio, yo, sentado ahora frente al parque siento el deseo de probar ese don tan preciado, me intriga, como le sucedió al romano del cuento de Borges, saber qué se siente ser inmortal. Ser parte de la historia en lugar de verla desde afuera.

Después de todo ¿qué es el alma a cambio de una vida eterna?

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Publicado por en febrero 1, 2010 en Literatura, Stuff

 

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