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Día 4

06 Ene

20/06/1950

El reptar, ese reptar tras la puerta no se detuvo jamás, ni siquiera cuando me desmayé. Hace unas horas me despertó el camarotero del tren, dice que me encontró acurrucado contra una de las esquinas de mi camarote, completamente dormido. Yo no recuerdo nada más allá de lo que escribí en la página anterior. Pero si recuerdo ese horrible reptar que retumbaba en mis oídos sin cesar; de repente mi mundo se apagó mientras contemplaba el gran ojo blanco, la gran luna llena.

Por fin llegué a mi destino, estoy en San Miguel de Tucumán, en una residencia cerca del centro. Nunca había visitado esta ciudad, su arquitectura es clásica del siglo pasado: grandes caserones con molduras de yeso, colores pasteles, ventanas victorianas, portones de madera tallada, tierra, mucha tierra y el sol quemándome la frente. Me hace acordar a Retiro. Mi habitación es bastante sobria, una cama, una mesa, una puerta con vidrios y piso de madera muy desmejorado; no pienso pasar mucho tiempo acá, sólo necesito hablar con el profesor Dirack. Tengo cita en una hora.

· · ·

No sé si voy a aguantar el tiempo suficiente para terminar mi viaje, con cada paso que doy el camino se extiende veinte pasos más. El profesor Dirack me recibió amablemente, es un anciano de pelo cano, anteojos grandes y un tanto regordete, pero creo que no esperaba recibir las noticias que yo le llevaba. Su mirada serena cambió absolutamente cuando le mencioné la cueva del Sur, sus pupilas se dilataron y su rostro adquirió un aspecto sombrío; se levanto en silencio, echó llave a la puerta y se dirigió hacia una estantería atiborrada de libros. La corrió un poco y dejó ver una entrada de la que emanaba un aire frio y húmedo, una escalera caracol descendía hacia el interior de la tierra tucumana. Dirack me hizo una seña en silencio y se aventuró a bajar por el camino que acaba de dejar al descubierto. No sé por qué lo seguí, este viaje está controlado por el desconocimiento, simplemente caminé.

Debo haber bajado unos cuarenta escalones de piedra caliza alumbrado solo por la luz del fuego de unas antorchas aprisionadas en la pared. Al final de la escalera me esperaba una habitación no demasiado grande, de la misma piedra que la escalera, llena de mesones de metal y alambiques. Al fondo, en un escritorio de madera lustrada, me esperaba el profesor revolviendo unas carpetas que acababa de sacar de un archivador. Bastó una seña de su mano para que me sentara frente a él, al otro lado del escritorio, de espaldas a las tinieblas.

Intenté hablar pero Dirack me hizo callar con un simple “shh”. Abrió la carpeta y comenzó a sacar papeles, notas, fotografías, todo relacionado; era una investigación de tamaño colosal.

–“¿Dónde dijiste que estaba la cueva?”– me preguntó mientras intentaba controlar su tartamudeo, quizás producto de los nervios, era la primera palabra que había dicho en media hora. Le dije que la había descubierto al sur de Tierra del Fuego, sobre el final de la cordillera de los Andes, muy cerca del punto en el que Chile y Argentina confluyen por tierra. Me prestó mucha atención y se puso a revisar sus notas a la velocidad que un niño corre tras el heladero un día de verano.

“No puede ser… ¡no es la misma! Mi teoría era correcta, hay más, !hay más! – gritó al mismo tiempo que corría la foto de una pintura muy extraña que me resultaba asquerosamente familiar – “Y… entonces muchacho, habla, ¿qué había adentro?”– dijo y se quedó mirándome con una sonrisa de oreja a oreja, cualquiera diría que esperaba a Papá Noel una noche de navidad. Le expliqué que había sido producto del azar el descubrimiento de la cueva, que la puerta de metal gigante que cerraba la entrada se abrió automáticamente en cuanto acerqué mi mano a una pequeña saliente en el extremo inferior; él seguía esperando algo más. Le hablé de las inscripciones en las paredes interiores, de la perfección en el tallado y, también le hablé del pedestal, la estatuilla y el libro. Él simplemente sonreía, estaba feliz; jamás le conté sobre “el inglés”. Así la charla se extendió por dos horas, dos largas horas en las que el hombrecillo no hizo más que escucharme atentamente. Té fue lo único que me ofreció, supongo que para aclararme la garganta.

“Lo que ha descubierto es sorprendente, ¡sorprendente!”– me dijo eufóricamente. Revolvió algunos papeles y me mostró sus notas. Dijo que treinta años atrás, él estaba siguiendo la pista de una civilización tan antigua que ni la propia humanidad había sido capaz de conocerla. Pero que, sin embargo, habían adorado y que, tal vez, aún seguían haciéndolo en secreto. La idea me estremeció, se me vinieron a la cabeza las palabras del historiador que conocí en el tren hacia Buenos Aires: una civilización más antigua que la Tierra misma. Dirack siguió con su relato, me dijo que recorrió el mundo tras el rastro de los adoradores de los dioses antiguos, como le gusta llamarlos; en sus viajes logró formar una suerte de pequeño panteón con nombres que se repetían en las pirámides de Egipto, en las pirámides Mayas, en los templos orientales y en las raíces del cristianismo. Según su investigación, éstos dioses responden a una jerarquía determinada por el cosmos, el tiempo, o quién sabe qué. Lo único seguro es que sus nombres aparecen distribuidos a lo largo de todo el mundo en culturas que nunca tuvieron contacto alguno entre sí hasta entrado el siglo XVI.

Yo estaba absorto escuchando al profesor contar su historia, me estaba confesando su trabajo de años, pero yo seguía –y aún sigo– sin comprender muchas cosas. Habló de dioses antiguos y criaturas que poblaron la Tierra millones de años antes que los humanos, criaturas inteligentes de las que oyó hablar en las afueras de un bar en un pueblito cerca de Boston, Texas. Admito que, mientras me hablaba, llegué a pensar que el hombre estaba chiflado, que el trabajo le había consumido el cerebro pero entonces algo sucedió, su expresión perdió esa extraña emoción y felicidad, se volvió calma nuevamente.

“¿Puede mostrarme la estatuilla, por favor?”– me rogó con su mirada fija en mi maletín. Yo tenía miedo de que ocurriera algo como lo que sucedió con el Inglés, dudé si hacia lo correcto mostrándole tal objeto y, al mismo tiempo, sentí celos de que alguien más la tocara. !Absurdo!¡celos! una pequeña estatuilla verde me produjo celos, eso no es normal. En fin, le mostré el pedazo de piedra tallada, él la tomó entre sus manos con mucho cuidado, se cambió los lentes y la acercó a la luz de la lámpara que descansaba en una esquina del escritorio. La estatuilla pareció brillar bajo la fuerte luz, todos sus vértices se remarcaron, todas las líneas se vieron a la perfección y, por un momento, pareció cobrar vida. Supongo que las luces y las sombras hicieron su truco. El profesor soltó un grito ahogado cuando la luz cubrió por completo el objeto, la quitó automáticamente del foco y me la devolvió sin decir una palabra. Para haber estado pegada tan cerca de la lámpara, la estatuilla estaba helada.

Revolvió entre sus papeles, buscaba algo con mucha desesperación, finalmente sacó una hoja con algunas anotaciones manuscritas que tenía un grupo de fotografías instantáneas anexadas en la parte superior. Cuando pude ver bien qué era lo que había en la hoja descubrí que era una red con nombres extraños, catalogados con números y unidos a diferentes zonas geográficas. –“Es un mapa –me dijo–, un mapa de los nombres de ciertas personas que han tenido relación directa con estas seres mediante sueños, visiones o sucesos; es preciso que lo conserve usted, muchacho–. En cuanto me lo extendió supe lo que quería, soy el sujeto perfecto para continuar con su investigación, la cual está detenida desde hace unos diez años, según me informó.

Tomé los papeles, los observé detenidamente, miré una de las fotos y un frío me corrió por la espalda; ahí estaba ese ojo blanco, gigante, envuelto en una maraña de… ¿tentáculos?, observando todo desde el interior de una fotografía polaroid. Con temor le pregunté si sabía qué era eso, él negó con la cabeza, me dijo que era un bajorrelieve que hizo un tal Pickman hace unos cuantos años; parece que no fue su única obra. El pobre hombre murió sumido en la locura que le ocasionó su segunda obra, producto de los sueños que lo atormentaban noche tras noche. Según Dirack, Pickmann dejó un diario y algunas grabaciones que él nunca pudo encontrar, tampoco se interesó demasiado, supongo que seguía rastros palpables de la existencia de civilizaciones antiguas. Pero yo, en cambio, necesito encontrar eso. Si ese hombre vio lo mismo que vi yo, necesito saber qué es. Quizá en esas anotaciones haya alguna respuesta.

El profesor Dirack me ofreció acceso absoluto a todo su trabajo, creo que me quedaré en la ciudad algunos días para interiorizarme un poco más en la investigación. En cuanto termine acá voy a emprender viaje hacia Estados Unidos, iré tras los sueños de Pickman.

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Publicado por en enero 6, 2010 en Cuentos, En las sombras del Tiempo

 

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