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Día 3

27 Dic

19/06/1950

No… no puedo dormir. Son las 3 a.m, estoy solo en mi camarote, todavía tengo unas cuantas horas más de viaje. Pero no puedo dormir. Me es imposible describir la sensación exacta, el por qué de mi desvelo, pero hay algo que perturba mi mente. Junto a mí, una vez más, la maleta con los extraños objetos ¿será eso?¿será posible?

Todos los sonidos me resultan extraños, parecen provenir desde las entrañas de la tierra; ruidos metálicos, golpes sordos y un tétrico reptar. Sé que todo está en mi mente, nada está reptando al otro lado de la puerta, estoy solo en mi camarote. Sin embargo tengo esa horrible sensación de que no estoy solo, de que alguien… o algo, me vigila.

La luna se ve tan hermosa esta noche, hay luna llena, es inmensa, la gran reina de la bóveda celeste. Me imparte paz mirarla, su luz plateada llena el lugar en el que me encuentro, no necesito otra iluminación. Por Dios…

¡Ahora recuerdo! el sonido reptante… la luna… el gran ojo que me miraba. Eso me despertó, ese gigantesco ojo blanco. En la pesadilla estaba bajo el agua y, sin embargo, podía respirar; caminaba por el fondo marino como si tuviera pesos en mis pies. De pronto, unas construcciones se hicieron visibles a lo lejos, teñidas del color verdoso del agua; aceleré la velocidad y me acerqué. Era una gran ciudad, destruída, que ya no albergaba vida humana, sino que se había convertido en la gran pecera de un montón de criaturas acuáticas. Callejuelas y pasillos, paredes derrumbadas, cubiertas de algas, musgo y arena. Entonces la ví, esa gran escalinata que conducía a una construcción tan grande como la propia ciudad -¿Cómo fue posible que no la viera antes?-. Mis pies comenzaron a moverse en dirección al doble portón de la catedral; ahora que lo pienso, éste tenía la altura del Obelisco, yo solo era una ínfima parte del paisaje. Cuando alcancé el último escalón la puerta se entreabrió, estiré mi mano y ahí la vi, verde, escamosa, como si fuera un… un hombre pez. Me sobresalté, miré hacia la luz enceguecedora que salía de la abertura y él me estaba mirando, ese gran ojo blanco. Sentí que me ahogaba, las palabras no salían de mi boca, y eso seguí ahí, mirandome fijo.

Me desperté transpirado, jadeando com si me estuviese ahogando realmente.  Lo primero que miré fue mi mano, era normal, era yo otra vez. Me senté sobre mi camastro y allí estaba, en lo alto, esa gran luna, ese gran ojo, inmenso, blanco, horrible.

El reptar se hace más fuerte y mi cerebro está a punto de explotar. Los restos del sueño vienen a mi mente ahora, no puedo cerrar los ojos sin temerle a lo que sea que me estaba vigilando. Ese mundo verde y silencioso parece tan ajeno a mi, pero, a su vez, tan familiar.

¿Qué es lo que está sucediendome?¿Necesito que el sol rompa con la oscuridad de esta noch…

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Publicado por en diciembre 27, 2009 en Cuentos, En las sombras del Tiempo

 

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