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Dia 2

17 Dic

18/06/1950

Hace minutos que llegué a la ciudad de Buenos Aires y, según me informaron en Retiro, debo esperar hasta las 14 hs para realizar el trasbordo al tren con destino a Tucumán. Asique, aprovecho para escribir, mientras desayuno en un café del siglo pasado, sobre los acontecimientos que tuvieron lugar durante estos dos días de viaje.

La primera mitad del primer día transcurrió con normalidad y con toda la quietud de un viaje en tren. Mi camarote lo compartía con un extranjero -creo que era inglés- que me resultaba extrañamente familiar y con una muchacha muy apuesta que después me confesó ser actríz. Cabe aclarar que no venía demasiada gente en nuestro vagón asique la paz reinaba por completo y lo único que se escuchaba era el paso de las metálicas ruedas sobre los rieles. Por mi ventana, la extensión patagónica se hacía visible, con sus grandes campos verdes, sus flores y las plantaciones ahora sin fruto.

Tanto la estatuilla como el libro permanecían en el interior de una maleta que llevaba cerrada con candado, mientras que mis objetos personales iban en mi maletín. Conforme pasaron las horas noté que al inglés le llamaba mucho la atención que llevara esa única maleta tan bien protegida, pero nunca dijo nada, solo se dedicaba a mirar. Yo, por mi parte, no le prestaba importancia, por ratos leía o charlaba con Lucía quien me contó las razones por las que viajaba a la Capital.

Durante la cena del primer día nos hicieron ir al vagón comedor que contaba con un lujo impresionante: el mobiliario completo era de madera hermosamente tallada a mano, los sillones estaban cubiertos por pana roja y la cristalería, bueno, nunca en mi vida creo que vuelva a comer en algo de esa calidad. Fue en ese vagón el primer contacto que tuve con “el inglés”, me hizo algunas preguntas sobre mi trabajo y mi destino, su español era pésimo pero pude entenderle; cuando le comenté que estaba tras los rastros del culto a los dioses marinos en Argentina, sus ojos se desorbitaron, pero inmediatamente siguió comiendo.

Esa noche solo Lucía y yo dormimos en el camarote, el otro sujeto desapareció como por arte de magia y lo vimos recién a la mañana siguiente mientras desayunábamos. Se excusó diciendo que se había sentido muy mal de repente y que, cuando mejoró, no quiso interrumpir nuestro sueño con sus ruidos, “ya bastante difícil es dormir en un tren”, dijo. Lo dejamos pasar y continuamos el día con normalidad. Sin embargo, algo horrible sucedió durante la puesta de sol.

Volvía a mi camarote a leer, luego de haber estado charlando con un historiador que me contó un poco sobre los paralelismos culturales entre civilizaciones americanas y civilizaciones africanas, cuando me encontré con la sorpresa: mi maleta estaba a medio cerrar. Rápidamente investigué que no faltara nada, por suerte así fue, pero alguien había quebrantado mi privacidad y no tardé mucho en enterarme. Con el sol ocultandose en el horizonte la puerta del camarote se cerró a mis espaldas, cuando me giré para mirar “el inglés” estaba de espaldas a la puerta, ya había bajado todas las cortinas y había puesto seguro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, sus gestos estaban deformados y las sombras lo volvían aun más espectral, se acercó a mí balbuceando algo que no entendí, creo que dijo: “not this, not this”, mientras señalaba la maleta.

Mi terror era absoluto, mis brazos temblaban, pero no podía dejar de mirar a aquél desquiciado que seguía repitiendo lo mismo una y otra vez. Se detuvo a unos pasos de mi, su mirada se perdió en la nada del camarote y habló una vez más:

– “ÉL… de vuelta… el horror despertado.”- Dijo. Algunas palabras no las entendí, creo que habló en un inglés muy cerrado. Pero en cuanto el sol terminó de caer vino lo peor: con la llanura Pampeana iluminada por una luna rojiza, al hombre se le pusieron los ojos en blanco, su rostro terminó de desencajarse y gritó algo que me resulto imposible de entender, no era inglés, ni español, ni ningún idioma conocido. Luego, sin perder un instante, se voló la cabeza con un revólver que traía en su bolsillo.

Yo me quedé paralizado del horror mirando sus restos  que colgaban de las paredes del camarote. El estruendo del arma llamó la atención de los guardias, quienes acudieron al instante y se encontraron con la horripilante escena. Lucía miraba desde lo lejos, aterrorizada al igual que las demás caras que habían aparecido atraídos por el sonido del disparo como aves de carroña en medio del desierto.

A las pocas horas, sumido aún en el espanto, salía de vagón principal escoltado por un guardia; estuve dos horas dándole las explicaciones  al oficial sobre como ocurrieron los hechos. Tras una taza de té me reubicó en un nuevo camarote junto con la joven actríz. No hablamos durante toda la noche, yo tampoco pegué un ojo.

Con los primeros rayos del sol apareció por el pasillo el camarotero anunciando nuestra inminente llegada a Buenos Aires. Mientras ordenaba mis cosas noté que la caja metálica que contenía al antiguo libro estaba abierta; supongo que “el inglés” logró comprender algo de su escritura y lo afectó considerablemente. ¿Tan grande será el poder de sus palabras?¿Cómo es que él lo comprendía, si es que así fue?

Aún, cinco horas después de haber dejado el tren me pregunto de dónde conocía su cara.

¡Dios mio! son las 13 hs, mi tren ha de estar por llegar y aún no almorcé… tampoco dormí.

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Publicado por en diciembre 17, 2009 en Cuentos, En las sombras del Tiempo

 

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